Dedicado a alguien que es como las amapolas: de campo, asilvestrada, fuerte, potrosa, ... y muy bonita.
Y por ser la única en conocer el motivo por el que hago fotos al cielo.

Translated Skies

Nubes de evolución VII


"Close your eyes, pretty baby.
Try and sleep a little while.
You know I'll be there in the morning.
I just wanna make you smile.

Everything is all right,
Everything is all right."

                                                                            Letra de "Blues Magic" de Santana

[La historia es simple: Carlos Santana reúne a su primera banda, aquella del disco "Santana III" de 1971. Y sacan otra maravilla de nuevo disco. Y como no, lo titulan "Santana IV", como si alguien hubiera apretado la tecla de 'pausa' y la hubiera soltado 45 años después. Que te cuesta creer que música así la estén haciendo tíos de casi 70 años; como si el tiempo no existiera y fuera de chocolate fundido, y sólo sirviera para endulzar nuestras vidas.
Esta canción me mueve, me remueve, me conmueve. Canción de ojos cerrados y respiración tranquila.
Y, sobre todo, me transporta a tiempos azules, de vainilla, menos arrugados.]

Estudio en gris V


[Dedico esta fotografía a mi padre, que hace unas horas ha sufrido un infarto.]

"Querido Destino:
Te escribo estas líneas para pedirte que me dejes en paz. Que ya está bien. Que ya empiezo a saber de qué va esto. No hace falta que me lo demuestres a cada paso enviándome más y más.
Como cantaba aquel grupo que me gusta tanto: he tratado de ser un hombre bueno.
Y, sinceramente, entre tú y yo, creo no merecer parte de lo que últimamente me mandas.
Quería pedirte que pares de una vez, que no me vengas con eso de que cada uno ha de apechugar con lo que le llegue, que la vida es esto. Porque la vida no es esto. Puedes engañar a los demás, pero no a mí. La vida es respirar los colores, gritar los sonidos, sacudirte el agua de lluvia del cabello. Es tocar la belleza, susurrar las palabras pequeñas, cantar, bailar hasta dolerte los huesos, saltar a ver si alcanzas las nubes.
Así que, humildemente, querido Destino, te pido que no me mandes más de lo de los últimos dos años. No más mujeres que se rían de mí y de mi sonrisa. No más sangre, protagonista indiscutible de mi vida última. No más dolor a gente de mi alrededor, ya sean un bebé de tres meses, un anciano de 77 años o una mujer de 34. 
Que ya está bien. Que pares. Que no me quedan más lágrimas que dedicarte ¿sabes?
Ya me conoces, no soy de los que te han estado pidiendo grandes imperios, o enormes bellezas. Que soy conformista por naturaleza. Poco trabajo te he dado en este sentido, no te quejarás.
Bueno, me despido ya de ti. No me apetece seguir escribiendo. Me faltan fuerzas en los dedos y en la mirada. Y los dientes duelen de tanto apretarlos.
Tan solo recordarte lo que quiero: algo de serenidad en el alma, y en mi corazón. Volver a sentir sobre mí las miradas de azúcar de alguien que sienta que está "ahí". Respirar en el mes de abril, y de mayo, y de junio el aire amarillo y suave del verano que ha de venir. 
Y caminar en la noche, sereno, sonriente, cubierto de luna."

E.M.

Atrapado en la vida


"Ojitos tiernos que lo han visto todo ...

Hambre, frío, sueño, miedo, ...

Hambre de ilusión,
frío en el corazón,
sueño recurrente,
miedo efervescente, ... 

Inocencia perdida en el sufrimiento ...

Vicio, ladrón, maldad, muerte, ...

Vicio obligado,
ladrón derrotado,
maldad creciente,
muerte inminente ...

Tristeza por estar atrapado en la vida ..."

                                                                                                                 C. Abreu

Oblivisci non potest


Fotografía nº 250 de este blog.
Salvo tres de ellas, todas para ti.
Todas por ti.
Todas ... ¿para qué?

Estamos aquí


“Nunca digas que vas hacia tu último viaje, aunque los nubarrones del cielo puedan oscurecer el azul del día.
Estamos aquí.”

De La Canción del Partisano, escrita por Hirsch Glik, y cantada por los partisanos judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

[Esta fotografía la tomé ayer noche, desde la ventana de casa. Me ha apetecido colgarla hoy, recién hecha, como el buen pan: crujiente y con sabor a horno.]

No te rindas


"No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
 Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo.
Porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos.
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás sola, porque yo te quiero."

                                                                                  Mario Benedetti

Otoño


"Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran. 

Ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda. 

Aprovechemos el otoño 
antes de que el futuro se congele 
y no haya sitio para la belleza 
porque el futuro se nos vuelve escarcha"

                                                                                    Mario Benedetti

One step


"One step at a time
I'm trying to get to you, babe..."

Letra de "One step at a time", de Jeff Lynne

[Magnífica canción del increíble disco que acaba de sacar Jeff Lynne (aunque suene a topicazo, músicos así ya no hay). 
Una canción de energía pura, casi hipnótica, de ventanillas bajadas, brisa de verano y olor a mar; de cielos azules.
Para escuchar a todo volumen. Para apretar los dientes de pura rabia. Y los ojos. Para olvidar.]


Relato "Invitaciones superfluas", de Dino Buzzati.
 
"Quisiera que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mirando la soledad de las calles oscuras y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Tú y yo recorrimos con pasos tímidos los mismos senderos encantados, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, y los mismos genios nos espiaban desde los matojos de musgo suspendidos en las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí miramos acaso hacia la vida misteriosa que nos esperaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez alocados y tiernos deseos. “¿Te acuerdas?”, nos diríamos el uno al otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirías confiada mientras fuera sonarían tétricamente las chapas de metal sacudidas por el viento.
Pero tú -ahora me acuerdo- no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, arrobada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana, ni llamaste a la puerta del castillo desierto, ni caminaste de noche hacia la luz lejana, ni te quedaste dormida bajo las estrellas de Oriente, acunada por el balanceo de una barca sagrada. En esa noche de invierno, probablemente permaneceríamos mudos tras los cristales, yo perdiéndome en los cuentos de otras épocas, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo te preguntaría “¿Te acuerdas?”, pero tú no te acordarías.
Quisiera pasear contigo un día de primavera, bajo un cielo de color gris, con algunas hojas muertas del año anterior arrastradas por el viento, por las calles de un barrio de las afueras; y que fuera domingo. En esos suburbios surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y a determinadas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas imposibles de expresar, propiciadas por los ilimitados horizontes que hay más allá de las casas, por los trenes que huyen, por las nubes del septentrión. Nos cogeríamos simplemente de la mano y caminaríamos a paso ligero, hablando de cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Hasta que se encendieran las farolas y de las miserables casas de la vecindad rezumaran las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, los anhelados romances. Y entonces permaneceríamos en silencio, siempre cogidos de la mano, porque nuestras almas se comunicarían sin necesidad de palabras.
Pero tú -ahora me acuerdo- nunca me dijiste cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Ni puedes por lo tanto amar esos domingos de los que hablo, ni tu alma sabría hablar a la mía en silencio, ni reconocerías en el momento exacto el encanto de las ciudades ni las esperanzas que descienden del septentrión. Tú prefieres las luces, la muchedumbre, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú eres diferente a mí, y si vinieras ese día a pasear, te quejarías de que estás cansada; sólo eso, nada más.
Querría también ir contigo en verano a un valle solitario, sin cesar de reír por las cosas más simples, a explorar los secretos de los bosques, de los caminos blancos, de algunas casas abandonadas. Pararnos en un puente de madera a mirar el agua que pasa, escuchar en los postes del telégrafo esa larga historia sin fin que viene de un extremo del mundo y nadie sabe hasta dónde llegará. Y coger las flores de los prados y, tumbados en la hierba, en el silencio soleado, contemplar los abismos del cielo, las blancas nubecillas que pasan y las cimas de las montañas. Tú dirías “¡Qué bonito!”. Y no añadirías nada más porque seríamos felices; nuestros cuerpos habrían perdido el peso de los años y nuestras almas habrían recuperado su frescor, como si acabaran de nacer en ese momento.
Pero tú -ahora que lo pienso- me temo que mirarías a tu alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinar una de tus medias, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías “¡Qué bonito!”, sino otras nimiedades sin ningún interés para mí. Porque por desgracia eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.
Querría también -déjame decírtelo- atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que bulle en el fondo de esos fosos que parecen las calles, ya rebosantes de inquietudes. Cuando recuerdos de épocas felices y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la cándida arrogancia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasarán a nuestro lado como ríos. Despediremos sin saberlo un alegre resplandor y todos se verán obligados a mirarnos, no por envidia ni animadversión, sino esbozando una sonrisa, con un sentimiento de bondad, gracias a la noche, que cura las debilidades humanas.
Pero tú -lo sé muy bien- en lugar de mirar el cielo de cristal y las altas columnatas acariciadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, los oros, las riquezas, las sedas, todas esas cosas mezquinas. Y no percibirás por tanto los fantasmas ni los presentimientos que pasan, ni te sentirás llamada como yo a un alto destino. Ni oirás esa especie de música, ni comprenderás por qué la gente nos mira con buenos ojos. Pensarás en tu pobre mañana y las estatuas doradas de las agujas alzarán en vano sobre ti sus espadas hacia los últimos rayos de sol. Y yo estaré solo.
Es inútil. Quizá todas estas cosas sean tonterías y tú seas mejor que yo, al no pretender tanto de la vida. Quizá tengas tú razón y sea una estupidez intentarlo. Pero eso sí, al menos querría volver a verte. Pase lo que pase, estaremos juntos y encontraremos la felicidad. No importa que sea de día o de noche, verano u otoño, en un país desconocido, en una casa desnuda o en un sórdido hostal. Me bastará con tenerte cerca. No me quedaré escuchando -te lo prometo- los crujidos misteriosos del techo ni miraré las nubes ni haré caso de las músicas ni del viento. Renunciaré a esas cosas inútiles que, sin embargo, amo. Tendré paciencia cuando no entiendas lo que digo, cuando hables de cosas ajenas a mí, cuando te quejes de los vestidos viejos y de la falta de dinero. Entre nosotros no habrá eso que llaman poesía, ni esperanzas compartidas, ni tampoco tristezas, esos grandes cómplices del amor. Pero te tendré cerca. Y conseguiremos, ya lo verás, ser bastante felices, con mucha sencillez, solos los dos, un hombre y una mujer, como sucede en todas las partes del mundo.
Pero tú -ahora lo pienso- estás demasiado lejos, a cientos y cientos de kilómetros difíciles de salvar. Tú estás dentro de una vida que desconozco, y a tu lado hay otros hombres, a los que probablemente sonríes, como a mí en otros tiempos. Has tardado muy poco en olvidarme. Es posible que no logres siquiera recordar mi nombre. Yo ya he salido de ti, confundido entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que pensar en ti, y me gusta decirte todas estas cosas."

Desiderata


Desiderata (del latín desideráta, plural de desiderátum): Conjunto de las cosas que se echan de menos y se desean.
   
Real Academia Española de la Lengua.

La espera


Esta fotografía ha sido tomada a través del ventanal de un Centro de Salud, mientras esperaba un diagnóstico. El título de la foto es uno de esos que vienen solos.
Además, añadir que el encuadre de la imagen me parece de lo más apropiado y metafórico a ese momento y a como me sentí: vulnerable, encajado y atrapado entre bloques de hormigón, y contemplando, a través de esa especie de barrotes, un cielo casi inalcanzable, símbolo de belleza, de libertad, de felicidad.
 
[Buen año a todos los que leáis esto. Y que hagáis muchas miradas hacia arriba.]

El arco de Cupido

 
"Un recuerdo. 
Camino hacia el centro de la ciudad en mitad de las fiestas de Pascua, porque hemos quedado en un bar de la calle Pelayo. Según ella, tiene muchas ganas de verme, que no aguanta más. De ahí su “escapada”.
Cuando llego, ella ya está dentro. Me quedo parado en el umbral de ese bar, mirándola. Tengo ese recuerdo vivo dentro de mí, da igual los veranos que pasen, o los otoños grises. Es como si le hubiera hecho una fotografía en ese instante, como esas que hago del cielo, para que permanezca para siempre, y que se quedará conmigo hasta mi último día.
Fotografía: está sentada ante una mesa pegada a la pared. El sol entra por una puerta que tiene a la espalda e ilumina su pelo recogido y su chaqueta de cuero negro, esa que le queda tan bien. Ojea unos libros.
Por unos instantes no me muevo de ese umbral, solo la miro y pienso que es lo más bonito que he visto nunca (es curioso, sigo pensando lo mismo, tanto tiempo después). En mi cabeza suena a todo volumen "Inspire Me", una canción cálida de Paul Carrack. Cada momento tiene su banda sonora, y esa música es la que asocio siempre a ese instante. Lo que me apetece realmente es bailarla con ella por encima de las mesas, por encima de la vida, mientras todos nos miran con las bocas abiertas y los ojos abiertos y las almas envidiosas de tanta locura nuestra.
Ella no se da cuenta de que estoy ahí, y sigue ojeando absorta los libros que ha comprado. Sólo cuando emprendo el movimiento y entro es cuando se apercibe y me mira sonriente. 
Llego a su mesa y me siento a su lado. Y puede más mi timidez que las ganas de verla durante esos siete últimos días, pues apenas la miro. Ella, dándose cuenta quizás, me gira suavemente la cara y me besa. Luego me suelta:
            - Hola.
            - Hola - le suelto yo.
            - ¿Estás bien?
            - Ahora sí.
Sonríe, vanidosa. Y susurra:
             -  Tenía muchas ganas de verte.
             -  Yo también a ti.
Esto último es absurdo que lo diga a esas alturas, porque la cara de idiota que presento ya lo indica todo.
Y recordando ahora pienso: ¿Quién es el maldito duende de la madrugada que se ha llevado todo esto tan y tan lejos? ¿Y dónde lo ha llevado? ¿Por qué me despierto en la noche y extiendo la mano como si quisiera encontrarlo?
Al acabar el día se marcha, a seguir su vida “seria”, esa en la que yo no entraba, esa en la que yo no entro; la vida de pareja, que con el tiempo se convierte en matrimonio, la de los niños por venir, la de las noches frías que no lo son tanto, pues está con él. La vida que miro desde lejos, y en el silencio azul de mi tristeza.
Ha pasado ya mucho tiempo, querido lector, pero a veces pienso que sigo allí, en el umbral de aquel bar. Que no me he movido en todo este tiempo, que sigo mirándola y mirando como se refleja el sol de la bonita mañana en su chaqueta de cuero negro, en su pelo recogido, y en su alma de niña perdida.”

E.M.

[Feliz Navidad, cielonautas]

El miedo de la noche


"El estío, cansado, inclina la cabeza
para verse surgir, amarillo, del lago.
Hago mi camino cansado y polvoriento
por las alamedas en penumbra.
El viento titubea y corre entre los álamos.
A mis espaldas, el cielo empieza a enrojecer.
Delante de mí tengo el miedo de la noche.
Y crepúsculo. Y muerte.
Hago mi camino cansado y polvoriento,
y detenida y dudosa queda tras de mí
la juventud, que baja su hermosa cabeza
y se niega a acompañarme."

                                                          Hermann Hesse

Basic blues


"Una brisa errante hace susurrar las hojas,
y advierten que el tiempo está pasando."

                                                       Louis Simpson
                                                                      (del poema "Basic Blues")

Estudio en gris IV


"Soledad es recordar, sin pensar.
Soledad es dejar de ver, dejar de soñar en colores.
Soledad es no fiarte más.
Es contar cada hora de cada noche, sin podérselo contar a nadie.
Y respirar en las nocheviejas, recordando, mientras suenan las campanadas. 
Y descontar los cumpleaños, y cada uno de los fines de semana.
Soledad es mirar a lo lejos, sin ver.
Es añorar el mes de agosto, con sus olores de verano, como se añora un paraíso perdido.
Soledad es escupir sangre en la sala de espera vacía de un hospital a las dos de la madrugada sin saber por qué, y sin nadie "ahí".
Soledad es que no haya más barreras que cruzar.
Y que no te importe."

E.M.

Lux aeterna V


" Y ahora no llores, porque pronto la noche acabará"

                                                                               Fabrizio De André

Good bye



"A las baterías estropeadas de los coches, que así empezó todo, por una casualidad, como todas las historias. A las horchatas inesperadas. Y a los granizados de café, que te hacen pensar toda una noche que algo ha comenzado, también inesperado. 
A los “protagonismos innecesarios” en forma de reproche, pero que me hizo gracia.
A los raspados sobre un lienzo, y mi mirada agradecida a unas piernas, y a unos ojos imposibles de bonitos, junto a un ventilador.
A no poder ver la lista del menú, y que me la leyeras, aquella primera noche. A las vesículas inexistentes descubiertas en una frase.
A las visitas a la playa conduciendo con los nervios de punta todo el trayecto. A la música de Bela Bartok, escuchada a destiempo mientras comemos paella. A la mala colocación de una crema en una espalda, por esa timidez tuya que tanto añoré después. A tu cuerpo mojado por el mar del atardecer, que si no te metes revientas. A la tristeza nada más subir al coche, de regreso, y durante cien kilómetros llevarla a cuestas, como se llevan los pesares de la vida.
Y sobre todo, al “avisa cuando llegues, que me quedo más tranquila”. Que me cogió de sorpresa y me hizo sonreír por vez primera en dos años.
Al “¿Es que no tienes nada que decirme?” con la sonrisita que me bloqueó, y al “dime cosas bonitas” en los momentos de éxtasis.
A las tarjetas de visita entregadas con timidez y nervios de media mañana. A la espera inesperada en los aeropuertos, comido por los nervios.
A las bromas que nunca se realizarán, haciendo como que solo somos amigos. A los nervios ante un examen que ni siquiera hacía yo.
A un paseo por unas calles de mi niñez, treinta y cuatro años después, y en la noche.
A las parejas gays, con quienes comimos en el paraíso. A una fiesta de cumpleaños a la que no podré asistir (ruego me disculpen). Y al baño en una playa al anochecer con tu “no me saques del agua que me congelo”. A las estrellas de esa noche. Y a tu lado más salvaje.
A los palomiteros, a los paelleros, a los cepillos de dientes rosas, a los libros que cuando los abres suena una música leve y pequeña.
A las tazas de Málaga para tu desayuno. A Málaga.
A Jayne, la del “munchunet”, y a tu voz cantando en la noche de una carretera perdida de Almería mientras la buscábamos sin encontrar. A las almendras robadas, que ya no existen. A las camas separadas, que se juntaron.
A Chiquito, que se te escapó vivo y coleando. A caminar contigo por Málaga, y a escalarla, pintando de azul mi alma, dejándome sonriente por dentro. A la elección entre botines o sandalias frente a un espejo, firme aliado de tu vanidad.
A las ensaladas, a los chuletones enormes, a los sitios bonitos para cenas lentas y románticas que tantos conoces tú y que me mostrabas de uno en uno, para no agobiarme.
Al "Na Sobkach Mandjurie" de la banda sonora de la película Urga, esa preciosa canción rusa que asocio a ti, y que canté contigo en mi coche bajo una lluvia de espanto.
A la miel de flores, con su origen dudoso. A la leche de soja. A un pastel de moras imaginado. A los mejillones al vapor, y al puré. Al sonido de un cerdito cada vez que se abre una nevera. A los nachos. A las pizzas bajo un toldo una noche de lluvia, y sentirme vivo aquella vez después de tanto tiempo. Y a los planes que hicimos esa noche. Al posesivo "mi", que ponías siempre antes de mi nombre abreviado, y que echo tanto de menos.
A la única sesión de cine a la que hemos ido, sin que hubiera una segunda vez. Al saco de la risa, que no sabía lo que era hasta que lo experimenté. A mis miradas tímidas sin que te dieras cuenta, mientras estudiabas en mi mesa del salón, pintándolo todo de mil colores, hasta mi alma. A mis masajes en tus pies cansados de caminar el día y la noche.
Al número 13, que me persigue allá dónde vaya, y que fue la fecha del primer beso, y la del último. Dos meses justos.
A mis noches de insomnio, pensando en ti, para intentar no estropearlo. Para aprovechar esta oportunidad como caída del cielo, ese que miro y fotografío.
Al almohadón que me haces traerte y que agarras en la noche. Y a la forma en que te cogías a mí, como si fueras un koala, con las piernas, con los brazos.
A los trogloditas. A los muebles que se mueven un metro. A los círculos grandes. A las partes del cuerpo que no mienten. 
A tu cuerpo desnudo, mirado y remirado mientras dormías, y sin que nunca lo supieras.
A mi olor, ese que decías que tanto te gustaba y volvía loca.
A las caricias en mi brazo mientras conducía, caricias que ya diste con anterioridad, … y que volverás a dar cuando olvides.
Al pedestal, ese en el que te puse, tan alto que no te pude alcanzar jamás (venga a estirar la mano ...).
A las pulseras, tejidas con tiento y ganitas. A las pipas devoradas compulsivamente, a las rodajas de piña, al té verde. A los trols, y su manera de comer. A las bodas sin ganas de ir. Y a ese vestido que quería que te pusieras para ya sabes qué.
A los diez primeros minutos de la película “Su coartada”, que pensábamos seguir viéndola otro día que ya nunca llegará.
A mi bañador naranja, a mi perilla, a mi falta de altura, a mi número 13 colgando del cuello que siempre me quitabas. A Don Quijote, castigado cara a la pared. A mis vasos, que te horrorizaron.
A los ñus, ese estúpido animal que siempre se pone a beber agua en el río al lado del cocodrilo. Y que sigue haciéndolo una y mil veces, aún sabiendo que va a morir.
A las fotos de carné, “para que la lleves”. A tus “tengo ganas de verte”. A tus signos de asterisco a la hora de escribir tacos en un teléfono. Sólo las primeras veces, que luego cambiaste.
A las francesas, que supieron y callaron.
A tu locura. A la mía. A mis dramas. A tus comedias.
Al “Grumpy Cat”. Al “Hola k ase”. Y al perrito de la boca abierta. A tus uñas pintadas, a tus pestañas postizas, esas que te has comprado para reírte de ti misma un poco.
Al inframundo. Al paseo por mis calles mientras llevabas mi ropa interior puesta. Al sillón del mal, desde el que domino el mundo, y al camino del mal, por el que lo recorro.
A las sábanas impregnadas de ti, que no quise cambiar aquel día. A la planta de romero, que murió de pena hace unos días.
A tus ojos, y a tu eterna sonrisa de caprichosa. Al “pajilleitor plus”, y a la “batamanta”, y a tu risa sin parar con ambos.
A tu habilidad para haberme sacado, como tú dijiste una vez, de mi vida de mierda.
Al mes de agosto, en el que me gustaste tanto. Y al de septiembre, que me rompió el alma de nuevo.
Y a lo que ya no haremos: a no poder conocer tu cueva,… y poder repetir aquel día. A no recorrer los países soñados para viajar, aquella noche de fantasía. A no pasar la Navidad en Cádiz. Ni el verano en Escocia.
A todas las diosas de ébano del mundo. Y a ti la primera de ellas, aunque no seas negra.
A los baños de espuma, y a los sorbetes de limón compartidos en un sofá viendo la puesta de sol. A sentir de nuevo que había alguien “ahí”, recordándome que me cuidara.
Y al momento más mágico de todos los vividos: aquel en el que, tumbados en la noche y en la oscuridad, apretabas levemente y a intervalos mi mano susurrando: “otro … otro …otro …”.
Y, finalmente, a la última vez que te vi, chica de la camiseta de flores, apoyado en mi coche y mirando cómo te alejabas. Sin volver la cabeza hacia mí ni una sola vez.
Ni una sola vez."

E.M.