Dedicado a alguien que es como las amapolas: de campo, asilvestrada, fuerte, potrosa, ... y muy bonita.
Y por ser la única en conocer el motivo por el que hago fotos al cielo.
Y por ser la única en conocer el motivo por el que hago fotos al cielo.
Translated Skies
Nubes de evolución VII
"Close your eyes, pretty baby.
Try and sleep a little while.
You know I'll be there in the morning.
I just wanna make you smile.
Everything is all right,
Everything is all right."
Letra de "Blues Magic" de Santana
[La historia es simple: Carlos Santana reúne a su primera banda, aquella del disco "Santana III" de 1971. Y sacan otra maravilla de nuevo disco. Y como no, lo titulan "Santana IV", como si alguien hubiera apretado la tecla de 'pausa' y la hubiera soltado 45 años después. Que te cuesta creer que música así la estén haciendo tíos de casi 70 años; como si el tiempo no existiera y fuera de chocolate fundido, y sólo sirviera para endulzar nuestras vidas.
Esta canción me mueve, me remueve, me conmueve. Canción de ojos cerrados y respiración tranquila.
Y, sobre todo, me transporta a tiempos azules, de vainilla, menos arrugados.]
Estudio en gris V
[Dedico esta fotografía a mi padre, que hace unas horas ha sufrido un infarto.]
"Querido Destino:
Te escribo estas líneas para pedirte que me dejes en paz. Que ya está bien. Que ya empiezo a saber de qué va esto. No hace falta que me lo demuestres a cada paso enviándome más y más.
Como cantaba aquel grupo que me gusta tanto: he tratado de ser un hombre bueno.
Y, sinceramente, entre tú y yo, creo no merecer parte de lo que últimamente me mandas.
Quería pedirte que pares de una vez, que no me vengas con eso de que cada uno ha de apechugar con lo que le llegue, que la vida es esto. Porque la vida no es esto. Puedes engañar a los demás, pero no a mí. La vida es respirar los colores, gritar los sonidos, sacudirte el agua de lluvia del cabello. Es tocar la belleza, susurrar las palabras pequeñas, cantar, bailar hasta dolerte los huesos, saltar a ver si alcanzas las nubes.
Así que, humildemente, querido Destino, te pido que no me mandes más de lo de los últimos dos años. No más mujeres que se rían de mí y de mi sonrisa. No más sangre, protagonista indiscutible de mi vida última. No más dolor a gente de mi alrededor, ya sean un bebé de tres meses, un anciano de 77 años o una mujer de 34.
Que ya está bien. Que pares. Que no me quedan más lágrimas que dedicarte ¿sabes?
Ya me conoces, no soy de los que te han estado pidiendo grandes imperios, o enormes bellezas. Que soy conformista por naturaleza. Poco trabajo te he dado en este sentido, no te quejarás.
Bueno, me despido ya de ti. No me apetece seguir escribiendo. Me faltan fuerzas en los dedos y en la mirada. Y los dientes duelen de tanto apretarlos.
Tan solo recordarte lo que quiero: algo de serenidad en el alma, y en mi corazón. Volver a sentir sobre mí las miradas de azúcar de alguien que sienta que está "ahí". Respirar en el mes de abril, y de mayo, y de junio el aire amarillo y suave del verano que ha de venir.
Y caminar en la noche, sereno, sonriente, cubierto de luna."
E.M.
Atrapado en la vida
"Ojitos tiernos que lo han visto todo ...
Hambre, frío, sueño, miedo, ...
Hambre de ilusión,
frío en el corazón,
sueño recurrente,
miedo efervescente, ...
Inocencia perdida en el sufrimiento ...
Vicio, ladrón, maldad, muerte, ...
Vicio obligado,
ladrón derrotado,
maldad creciente,
muerte inminente ...
Tristeza por estar atrapado en la vida ..."
C. Abreu
Oblivisci non potest
Fotografía nº 250 de este blog.
Salvo tres de ellas, todas para ti.
Todas por ti.
Todas ... ¿para qué?
Estamos aquí
“Nunca digas que vas hacia tu último viaje, aunque los nubarrones del cielo puedan oscurecer el azul del día.
Estamos aquí.”
De La Canción del Partisano, escrita por Hirsch Glik, y cantada por los partisanos judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
[Esta fotografía la tomé ayer noche, desde la ventana de casa. Me ha
apetecido colgarla hoy, recién hecha, como el buen pan: crujiente y con sabor a horno.]
No te rindas
"No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo
también el deseo.
Porque lo has querido y porque te
quiero.
Porque existe el vino y el amor, es
cierto.
Porque no hay heridas que no cure
el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te
protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las
manos.
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los
cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle
el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor
momento.
Porque no estás sola, porque yo te
quiero."
Mario Benedetti
Otoño
"Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran.
Ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda.
Aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha"
Mario Benedetti
One step
"One step at a time
I'm trying to get to you, babe..."
Letra de "One step at a time", de Jeff Lynne
[Magnífica canción del increíble disco que acaba de sacar Jeff Lynne (aunque suene a topicazo, músicos así ya no hay).
Una canción de energía pura, casi hipnótica, de ventanillas bajadas, brisa de verano y olor a mar; de cielos azules.
Para escuchar a todo volumen. Para apretar los dientes de pura rabia. Y los ojos. Para olvidar.]
Para escuchar a todo volumen. Para apretar los dientes de pura rabia. Y los ojos. Para olvidar.]
Tú
Relato "Invitaciones superfluas", de Dino Buzzati.
"Quisiera que vinieras a mi casa una
noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mirando la soledad de
las calles oscuras y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde
vivimos juntos sin saberlo. Tú y yo recorrimos con pasos tímidos los mismos
senderos encantados, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos,
y los mismos genios nos espiaban desde los matojos de musgo suspendidos en las
torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí
miramos acaso hacia la vida misteriosa que nos esperaba. Allí palpitaron en
nosotros por primera vez alocados y tiernos deseos. “¿Te acuerdas?”, nos
diríamos el uno al otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú
me sonreirías confiada mientras fuera sonarían tétricamente las chapas de metal
sacudidas por el viento.
Pero tú -ahora me acuerdo- no
conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los
jardines embrujados. Nunca pasaste, arrobada, bajo los árboles mágicos que
hablan con voz humana, ni llamaste a la puerta del castillo desierto, ni
caminaste de noche hacia la luz lejana, ni te quedaste dormida bajo las
estrellas de Oriente, acunada por el balanceo de una barca sagrada. En esa
noche de invierno, probablemente permaneceríamos mudos tras los cristales, yo
perdiéndome en los cuentos de otras épocas, tú en otros cuidados para mí
desconocidos. Yo te preguntaría “¿Te acuerdas?”, pero tú no te acordarías.
Quisiera pasear contigo un día de primavera,
bajo un cielo de color gris, con algunas hojas muertas del año anterior
arrastradas por el viento, por las calles de un barrio de las afueras; y que
fuera domingo. En esos suburbios surgen a menudo pensamientos melancólicos y
grandes, y a determinadas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los
que se aman. Nacen además esperanzas imposibles de expresar, propiciadas por
los ilimitados horizontes que hay más allá de las casas, por los trenes que
huyen, por las nubes del septentrión. Nos cogeríamos simplemente de la mano y
caminaríamos a paso ligero, hablando de cosas insensatas, estúpidas y tiernas.
Hasta que se encendieran las farolas y de las miserables casas de la vecindad
rezumaran las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, los
anhelados romances. Y entonces permaneceríamos en silencio, siempre cogidos de
la mano, porque nuestras almas se comunicarían sin necesidad de palabras.
Pero tú -ahora me acuerdo- nunca me
dijiste cosas insensatas, estúpidas y tiernas. Ni puedes por lo tanto amar esos
domingos de los que hablo, ni tu alma sabría hablar a la mía en silencio, ni
reconocerías en el momento exacto el encanto de las ciudades ni las esperanzas
que descienden del septentrión. Tú prefieres las luces, la muchedumbre, los hombres
que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú eres
diferente a mí, y si vinieras ese día a pasear, te quejarías de que estás
cansada; sólo eso, nada más.
Querría
también ir contigo en verano a un valle solitario, sin cesar de reír por las
cosas más simples, a explorar los secretos de los bosques, de los caminos
blancos, de algunas casas abandonadas. Pararnos en un puente de madera a mirar
el agua que pasa, escuchar en los postes del telégrafo esa larga historia sin
fin que viene de un extremo del mundo y nadie sabe hasta dónde llegará. Y coger
las flores de los prados y, tumbados en la hierba, en el silencio soleado,
contemplar los abismos del cielo, las blancas nubecillas que pasan y las cimas
de las montañas. Tú dirías “¡Qué bonito!”. Y no añadirías nada más porque
seríamos felices; nuestros cuerpos habrían perdido el peso de los años y
nuestras almas habrían recuperado su frescor, como si acabaran de nacer en ese
momento.
Pero tú -ahora que lo pienso- me
temo que mirarías a tu alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a
examinar una de tus medias, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver.
Y no dirías “¡Qué bonito!”, sino otras nimiedades sin ningún interés para mí.
Porque por desgracia eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.
Querría también -déjame decírtelo-
atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de
noviembre, cuando el cielo es puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida
corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que bulle en el fondo de
esos fosos que parecen las calles, ya rebosantes de inquietudes. Cuando
recuerdos de épocas felices y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando
tras de sí una especie de música. Con la cándida arrogancia de los niños
miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasarán a nuestro lado
como ríos. Despediremos sin saberlo un alegre resplandor y todos se verán
obligados a mirarnos, no por envidia ni animadversión, sino esbozando una
sonrisa, con un sentimiento de bondad, gracias a la noche, que cura las
debilidades humanas.
Pero tú -lo sé muy bien- en lugar de
mirar el cielo de cristal y las altas columnatas acariciadas por el último sol,
querrás pararte a mirar los escaparates, los oros, las riquezas, las sedas,
todas esas cosas mezquinas. Y no percibirás por tanto los fantasmas ni los
presentimientos que pasan, ni te sentirás llamada como yo a un alto destino. Ni
oirás esa especie de música, ni comprenderás por qué la gente nos mira con
buenos ojos. Pensarás en tu pobre mañana y las estatuas doradas de las agujas
alzarán en vano sobre ti sus espadas hacia los últimos rayos de sol. Y yo
estaré solo.
Es inútil. Quizá todas estas cosas sean
tonterías y tú seas mejor que yo, al no pretender tanto de la vida. Quizá
tengas tú razón y sea una estupidez intentarlo. Pero eso sí, al menos querría
volver a verte. Pase lo que pase, estaremos juntos y encontraremos la
felicidad. No importa que sea de día o de noche, verano u otoño, en un país
desconocido, en una casa desnuda o en un sórdido hostal. Me bastará con tenerte
cerca. No me quedaré escuchando -te lo prometo- los crujidos misteriosos del
techo ni miraré las nubes ni haré caso de las músicas ni del viento. Renunciaré
a esas cosas inútiles que, sin embargo, amo. Tendré paciencia cuando no
entiendas lo que digo, cuando hables de cosas ajenas a mí, cuando te quejes de
los vestidos viejos y de la falta de dinero. Entre nosotros no habrá eso que
llaman poesía, ni esperanzas compartidas, ni tampoco tristezas, esos grandes
cómplices del amor. Pero te tendré cerca. Y conseguiremos, ya lo verás, ser
bastante felices, con mucha sencillez, solos los dos, un hombre y una mujer,
como sucede en todas las partes del mundo.
Pero tú -ahora lo pienso- estás demasiado lejos, a
cientos y cientos de kilómetros difíciles de salvar. Tú estás dentro de una
vida que desconozco, y a tu lado hay otros hombres, a los que probablemente
sonríes, como a mí en otros tiempos. Has tardado muy poco en olvidarme. Es
posible que no logres siquiera recordar mi nombre. Yo ya he salido de ti,
confundido entre las innumerables sombras. Y, sin embargo, no hago más que
pensar en ti, y me gusta decirte todas estas cosas."
Desiderata
La espera
Esta fotografía ha sido tomada a través del ventanal de un Centro de Salud, mientras esperaba un diagnóstico. El título de la foto es uno de esos que vienen solos.
Además, añadir que el encuadre de la imagen me parece de lo más apropiado y metafórico a ese momento y a como me sentí: vulnerable, encajado y atrapado entre bloques de hormigón, y contemplando, a través de esa especie de barrotes, un cielo casi inalcanzable, símbolo de belleza, de libertad, de felicidad.
Además, añadir que el encuadre de la imagen me parece de lo más apropiado y metafórico a ese momento y a como me sentí: vulnerable, encajado y atrapado entre bloques de hormigón, y contemplando, a través de esa especie de barrotes, un cielo casi inalcanzable, símbolo de belleza, de libertad, de felicidad.
[Buen año a todos los que leáis esto. Y que hagáis muchas miradas hacia arriba.]
El arco de Cupido
"Un recuerdo.
Camino hacia el centro de la ciudad en mitad de las
fiestas de Pascua, porque hemos quedado en un bar de la calle Pelayo. Según
ella, tiene muchas ganas de verme, que no aguanta más. De ahí su “escapada”.
Cuando llego, ella ya está dentro. Me quedo parado
en el umbral de ese bar, mirándola. Tengo ese recuerdo vivo dentro de mí, da
igual los veranos que pasen, o los otoños grises. Es como si le hubiera hecho
una fotografía en ese instante, como esas que hago del cielo, para que
permanezca para siempre, y que se quedará conmigo hasta mi último día.
Fotografía: está sentada ante una mesa pegada a la
pared. El sol entra por una puerta que tiene a la espalda e ilumina su pelo
recogido y su chaqueta de cuero negro, esa que le queda tan bien. Ojea unos
libros.
Por unos instantes no me muevo de ese umbral, solo la miro y
pienso que es lo más bonito que he visto nunca (es curioso, sigo pensando lo
mismo, tanto tiempo después). En mi cabeza suena a todo volumen "Inspire Me", una canción cálida de Paul Carrack. Cada momento tiene su banda sonora, y esa música es la que asocio siempre a ese instante. Lo que me apetece realmente es bailarla con ella por encima de las mesas, por encima de la vida, mientras todos nos miran con las bocas abiertas y los ojos abiertos y las almas envidiosas de tanta locura nuestra.
Ella no se da cuenta de que estoy ahí, y sigue
ojeando absorta los libros que ha comprado. Sólo cuando emprendo el movimiento
y entro es cuando se apercibe y me mira sonriente.
Llego a su mesa y me siento a su lado. Y puede más mi timidez que las ganas de verla durante esos siete últimos días, pues apenas la miro. Ella, dándose cuenta quizás, me gira suavemente la cara y me besa. Luego me suelta:
Llego a su mesa y me siento a su lado. Y puede más mi timidez que las ganas de verla durante esos siete últimos días, pues apenas la miro. Ella, dándose cuenta quizás, me gira suavemente la cara y me besa. Luego me suelta:
- Hola.
- Hola - le suelto yo.
- ¿Estás bien?
- Ahora sí.
Sonríe, vanidosa. Y susurra:
Sonríe, vanidosa. Y susurra:
- Tenía muchas ganas de verte.
- Yo también a ti.
Esto último es absurdo que lo diga a esas alturas, porque la cara de idiota que presento ya lo indica todo.
Y recordando ahora pienso: ¿Quién es el maldito duende de la madrugada que se ha llevado todo esto tan y tan lejos? ¿Y dónde lo ha llevado? ¿Por qué me despierto en la noche y extiendo la mano como si quisiera encontrarlo?
Esto último es absurdo que lo diga a esas alturas, porque la cara de idiota que presento ya lo indica todo.
Y recordando ahora pienso: ¿Quién es el maldito duende de la madrugada que se ha llevado todo esto tan y tan lejos? ¿Y dónde lo ha llevado? ¿Por qué me despierto en la noche y extiendo la mano como si quisiera encontrarlo?
Al acabar el día se marcha, a seguir su vida
“seria”, esa en la que yo no entraba, esa en la que yo no entro; la vida de
pareja, que con el tiempo se convierte en matrimonio, la de los niños por
venir, la de las noches frías que no lo son tanto, pues está con él. La vida
que miro desde lejos, y en el silencio azul de mi tristeza.
Ha pasado ya mucho tiempo, querido lector, pero a
veces pienso que sigo allí, en el umbral de aquel bar. Que no me he movido en
todo este tiempo, que sigo mirándola y mirando como se refleja el sol de la bonita
mañana en su chaqueta de cuero negro, en su pelo recogido, y en su alma de niña
perdida.”
E.M.
[Feliz Navidad, cielonautas]
El miedo de la noche
"El estío, cansado, inclina la cabeza
para verse surgir, amarillo, del lago.
Hago mi camino cansado y polvoriento
por las alamedas en penumbra.
El viento titubea y corre entre los álamos.
A mis espaldas, el cielo empieza a enrojecer.
Delante de mí tengo el miedo de la noche.
Y crepúsculo. Y muerte.
Hago mi camino cansado y polvoriento,
y detenida y dudosa queda tras de mí
la juventud, que baja su hermosa cabeza
y se niega a acompañarme."
para verse surgir, amarillo, del lago.
Hago mi camino cansado y polvoriento
por las alamedas en penumbra.
El viento titubea y corre entre los álamos.
A mis espaldas, el cielo empieza a enrojecer.
Delante de mí tengo el miedo de la noche.
Y crepúsculo. Y muerte.
Hago mi camino cansado y polvoriento,
y detenida y dudosa queda tras de mí
la juventud, que baja su hermosa cabeza
y se niega a acompañarme."
Hermann Hesse
Basic blues
"Una brisa errante hace susurrar las hojas,
y advierten que el tiempo está pasando."
Louis Simpson
(del poema "Basic Blues")
Estudio en gris IV
"Soledad es recordar, sin pensar.
Soledad es dejar de ver, dejar de soñar en colores.
Soledad es no fiarte más.
Es contar cada hora de cada noche, sin podérselo contar a nadie.
Y respirar en las nocheviejas, recordando, mientras suenan las campanadas.
Y descontar los cumpleaños, y cada uno de los fines de semana.
Soledad es mirar a lo lejos, sin ver.
Es añorar el mes de agosto, con sus olores de verano, como se añora un paraíso perdido.
Soledad es escupir sangre en la sala de espera vacía de un hospital a las dos de la madrugada sin saber por qué, y sin nadie "ahí".
Soledad es que no haya más barreras que cruzar.
Y que no te importe."
E.M.
Good bye
"A
las baterías estropeadas de los coches, que así empezó todo, por una
casualidad, como todas las historias. A las horchatas inesperadas. Y a los
granizados de café, que te hacen pensar toda una noche que algo ha comenzado,
también inesperado.
A los
“protagonismos innecesarios” en forma de reproche, pero que me hizo gracia.
A
los raspados sobre un lienzo, y mi mirada agradecida a unas piernas, y a unos
ojos imposibles de bonitos, junto a un ventilador.
A no
poder ver la lista del menú, y que me la leyeras, aquella primera noche. A las
vesículas inexistentes descubiertas en una frase.
A
las visitas a la playa conduciendo con los nervios de punta todo el trayecto. A la
música de Bela Bartok, escuchada a destiempo mientras comemos paella. A la mala
colocación de una crema en una espalda, por esa timidez tuya que tanto añoré
después. A tu cuerpo mojado por el mar del atardecer, que si no te metes
revientas. A la tristeza nada más subir al coche, de regreso, y durante cien
kilómetros llevarla a cuestas, como se llevan los pesares de la vida.
Y
sobre todo, al “avisa cuando llegues, que me quedo más tranquila”. Que me cogió
de sorpresa y me hizo sonreír por vez primera en dos años.
Al
“¿Es que no tienes nada que decirme?” con la sonrisita que me bloqueó, y al “dime
cosas bonitas” en los momentos de éxtasis.
A
las tarjetas de visita entregadas con timidez y nervios de media mañana. A la
espera inesperada en los aeropuertos, comido por los nervios.
A
las bromas que nunca se realizarán, haciendo como que solo somos amigos. A los
nervios ante un examen que ni siquiera hacía yo.
A un paseo por unas calles de mi niñez, treinta y cuatro años después, y en la noche.
A un paseo por unas calles de mi niñez, treinta y cuatro años después, y en la noche.
A las parejas gays, con quienes comimos en el paraíso. A una fiesta de cumpleaños a la que no podré asistir (ruego me disculpen). Y al
baño en una playa al anochecer con tu “no me saques del agua que me congelo”. A las
estrellas de esa noche. Y a tu lado más salvaje.
A
los palomiteros, a los paelleros, a los cepillos de dientes rosas, a los libros
que cuando los abres suena una música leve y pequeña.
A
las tazas de Málaga para tu desayuno. A Málaga.
A
Jayne, la del “munchunet”, y a tu voz cantando en la noche de una carretera
perdida de Almería mientras la buscábamos sin encontrar. A las almendras
robadas, que ya no existen. A las camas separadas, que se juntaron.
A
Chiquito, que se te escapó vivo y coleando. A caminar contigo por Málaga,
y a escalarla, pintando de azul mi alma, dejándome sonriente por dentro. A la elección entre
botines o sandalias frente a un espejo, firme aliado de tu vanidad.
A
las ensaladas, a los chuletones enormes, a los sitios bonitos para cenas lentas
y románticas que tantos conoces tú y que me mostrabas de uno en uno, para no
agobiarme.
Al "Na Sobkach Mandjurie" de la banda sonora de la película Urga, esa preciosa canción rusa que asocio a ti, y que canté contigo en mi coche bajo una lluvia de espanto.
Al "Na Sobkach Mandjurie" de la banda sonora de la película Urga, esa preciosa canción rusa que asocio a ti, y que canté contigo en mi coche bajo una lluvia de espanto.
A la miel de flores, con su origen dudoso. A la leche de soja. A un pastel de moras imaginado. A
los mejillones al vapor, y al puré. Al sonido de un cerdito cada vez que se abre una nevera. A los nachos. A las pizzas bajo un toldo una noche de lluvia, y
sentirme vivo aquella vez después de tanto tiempo. Y a los planes que hicimos
esa noche. Al posesivo "mi", que ponías siempre antes de mi nombre abreviado, y que echo tanto de menos.
A la única sesión de
cine a la que hemos ido, sin que hubiera una segunda vez. Al saco de la risa,
que no sabía lo que era hasta que lo experimenté. A mis miradas tímidas sin que te dieras cuenta,
mientras estudiabas en mi mesa del salón, pintándolo todo de mil colores, hasta
mi alma. A mis masajes en tus pies cansados de caminar el día y la noche.
Al número 13, que me
persigue allá dónde vaya, y que fue la fecha del primer beso, y la del último. Dos meses justos.
A mis noches de insomnio,
pensando en ti, para intentar no estropearlo. Para aprovechar esta oportunidad
como caída del cielo, ese que miro y fotografío.
Al almohadón que me haces traerte y que agarras en la noche. Y a la forma en que te cogías a mí, como si fueras un
koala, con las piernas, con los brazos.
A los trogloditas. A los muebles que se mueven un metro. A los círculos grandes. A las partes del cuerpo que no mienten.
A tu cuerpo desnudo, mirado y remirado mientras dormías, y sin que nunca lo supieras.
A tu cuerpo desnudo, mirado y remirado mientras dormías, y sin que nunca lo supieras.
A mi olor, ese que
decías que tanto te gustaba y volvía loca.
A las caricias en mi brazo mientras conducía, caricias que ya diste con anterioridad, … y que volverás a dar cuando olvides.
Al pedestal, ese en el que te puse, tan alto que no te pude alcanzar jamás (venga a estirar la mano ...).
A las pulseras, tejidas con tiento y ganitas. A las pipas devoradas compulsivamente, a las rodajas de piña, al té verde. A los trols, y su manera de comer. A las bodas sin ganas de ir. Y a ese vestido que quería que te pusieras para ya sabes qué.
A los diez primeros minutos de la película “Su coartada”, que pensábamos seguir viéndola otro día que ya nunca llegará.
A mi bañador naranja, a mi perilla, a mi falta de altura, a mi número 13 colgando del cuello que siempre me quitabas. A Don Quijote, castigado cara a la pared. A mis vasos, que te horrorizaron.
A los ñus, ese estúpido animal que siempre se pone a beber agua en el río al lado del cocodrilo. Y que sigue haciéndolo una y mil veces, aún sabiendo que va a morir.
A las fotos de carné, “para que la lleves”. A tus “tengo ganas de verte”. A tus signos de asterisco a la hora de escribir tacos en un teléfono. Sólo las primeras veces, que luego cambiaste.
A las francesas, que supieron y callaron.
A tu locura. A la mía. A mis dramas. A tus comedias.
Al “Grumpy Cat”. Al “Hola k ase”. Y al perrito de la boca abierta. A tus uñas pintadas, a tus pestañas postizas, esas que te has comprado para reírte de ti misma un poco.
Al inframundo. Al paseo por mis calles mientras llevabas mi ropa interior puesta. Al sillón del mal, desde el que domino el mundo, y al camino del mal, por el que lo recorro.
A las sábanas impregnadas de ti, que no quise cambiar aquel día. A la planta de romero, que murió de pena hace unos días.
A tus ojos, y a tu eterna sonrisa de caprichosa. Al “pajilleitor plus”, y a la “batamanta”, y a tu risa sin parar con ambos.
A tu habilidad para haberme sacado, como tú dijiste una vez, de mi vida de mierda.
Al mes de agosto, en el que me gustaste tanto. Y al de septiembre, que me rompió el alma de nuevo.
Y a lo que ya no haremos: a no poder conocer tu cueva,… y poder repetir aquel día. A no recorrer los países soñados para viajar, aquella noche de fantasía. A no pasar la Navidad en Cádiz. Ni el verano en Escocia.
A todas las diosas de ébano del mundo. Y a ti la primera de ellas, aunque no seas negra.
A los baños de espuma, y a los sorbetes de limón compartidos en un sofá viendo la puesta de sol. A sentir de nuevo que había alguien “ahí”, recordándome que me cuidara.
Y al momento más mágico de todos los vividos: aquel en el que, tumbados en la noche y en la oscuridad, apretabas levemente y a intervalos mi mano susurrando: “otro … otro …otro …”.
Y, finalmente, a la última vez que te vi, chica de la camiseta de flores, apoyado en mi coche y mirando cómo te alejabas. Sin volver la cabeza hacia mí ni una sola vez.
Ni una sola vez."
A las caricias en mi brazo mientras conducía, caricias que ya diste con anterioridad, … y que volverás a dar cuando olvides.
Al pedestal, ese en el que te puse, tan alto que no te pude alcanzar jamás (venga a estirar la mano ...).
A las pulseras, tejidas con tiento y ganitas. A las pipas devoradas compulsivamente, a las rodajas de piña, al té verde. A los trols, y su manera de comer. A las bodas sin ganas de ir. Y a ese vestido que quería que te pusieras para ya sabes qué.
A los diez primeros minutos de la película “Su coartada”, que pensábamos seguir viéndola otro día que ya nunca llegará.
A mi bañador naranja, a mi perilla, a mi falta de altura, a mi número 13 colgando del cuello que siempre me quitabas. A Don Quijote, castigado cara a la pared. A mis vasos, que te horrorizaron.
A los ñus, ese estúpido animal que siempre se pone a beber agua en el río al lado del cocodrilo. Y que sigue haciéndolo una y mil veces, aún sabiendo que va a morir.
A las fotos de carné, “para que la lleves”. A tus “tengo ganas de verte”. A tus signos de asterisco a la hora de escribir tacos en un teléfono. Sólo las primeras veces, que luego cambiaste.
A las francesas, que supieron y callaron.
A tu locura. A la mía. A mis dramas. A tus comedias.
Al “Grumpy Cat”. Al “Hola k ase”. Y al perrito de la boca abierta. A tus uñas pintadas, a tus pestañas postizas, esas que te has comprado para reírte de ti misma un poco.
Al inframundo. Al paseo por mis calles mientras llevabas mi ropa interior puesta. Al sillón del mal, desde el que domino el mundo, y al camino del mal, por el que lo recorro.
A las sábanas impregnadas de ti, que no quise cambiar aquel día. A la planta de romero, que murió de pena hace unos días.
A tus ojos, y a tu eterna sonrisa de caprichosa. Al “pajilleitor plus”, y a la “batamanta”, y a tu risa sin parar con ambos.
A tu habilidad para haberme sacado, como tú dijiste una vez, de mi vida de mierda.
Al mes de agosto, en el que me gustaste tanto. Y al de septiembre, que me rompió el alma de nuevo.
Y a lo que ya no haremos: a no poder conocer tu cueva,… y poder repetir aquel día. A no recorrer los países soñados para viajar, aquella noche de fantasía. A no pasar la Navidad en Cádiz. Ni el verano en Escocia.
A todas las diosas de ébano del mundo. Y a ti la primera de ellas, aunque no seas negra.
A los baños de espuma, y a los sorbetes de limón compartidos en un sofá viendo la puesta de sol. A sentir de nuevo que había alguien “ahí”, recordándome que me cuidara.
Y al momento más mágico de todos los vividos: aquel en el que, tumbados en la noche y en la oscuridad, apretabas levemente y a intervalos mi mano susurrando: “otro … otro …otro …”.
Y, finalmente, a la última vez que te vi, chica de la camiseta de flores, apoyado en mi coche y mirando cómo te alejabas. Sin volver la cabeza hacia mí ni una sola vez.
Ni una sola vez."
E.M.
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